Al sur de la frontera, al oeste del sol, lo he leído en verano, mientras intento acabar con Kafka en la orilla y ha pasado a ser una de mis novelas preferidas de Murakami. Lástima de que la primera edición que leí fue en formato algo descuidado, ahora Tusquets tiene una buena segunda edición de pastas duras y buen tamaño, como debe ser un libro que se precie.
Nuestro personaje Hajime, hijo único de una familia de clase media, crece rodeado de niños con hermanos, por lo que su condición de hijo único le provoca cierto alejamiento y cierta singularización, no exenta de estigma. A su clase llega una niña, Shimamoto, hija única también, con la que entabla una buena relación de amistad, y un algo más, que entonces no conoce. Cuando llega el momento de ir a la universidad, sus caminos se separan y pierden todo contacto. Hajime no lo sabrá pero en el quedó la sensación pura del amor primero.
Comienza relatando el momento actual de nuestro personaje, una historia que aparentemente no tiene nada de problemática. Hajime, tiene ya 37 años, es un hombre bien situado propietario de dos bares de jazz, casado, con dos hijas y relativamente feliz, si entendemos a quién parece gozar de estatus social, una pareja que le adora, y un par de hijas a las que quiere. El éxito de su vida es un hecho objetivo que el mismo admite.
Pero a su historia le faltaba algo que completar, un inefable que sólo se puede encontrar al sur de la frontera; es decir, moviéndose de lado, en lugar de seguir adelante, hacia el oeste del sol, saltándose las reglas, pasando al otro lado de la línea de lo correcto socialmente establecido.
Ese algo que le falta, esa historia inconclusa, es el recuerdo de una amiga de infancia que tuvo a los doce años, una chica -Shimamoto- retraída como él, con un defecto en una pierna que la aislaba aún más.
Fue su verdadero amor, aunque la relación no se consumó nunca. Los amores imposibles son eternos y he aquí una comprobación. El recuerdo está contaminado por otra relación posterior, que acabó tan mal que destrozó la vida de la otra muchacha, y marcó la suya. Jugando a ser un calavera que no llora serenata de amor, soñar que se sueña amar, tan lejos y tan cerca, siempre queriendo llegar, una serenata de agridulce sentir que le hizo sentir la indignidad de amar sin amor.
"Al sur de la frontera, al oeste del sol" habla de amor, del bueno del malo, del que es y del que no es, de la adolescencia, de la madurez y sus lagunas perdidas, del encuentro y el emparejamiento, de lo casual, de lo buscado y no por buscado bien hallado, y como no, habla de la renuncia, del doy y a quién, para acabar en una vorágine de amar es destruirse, hasta preguntarse a sí mismo nuestro personaje, si amar es combatir, si amar es proyecto, si amar es compromiso, y una desolación del amor que fue, del amor que es, del amor que perdió, del amor que ha destruído, de quien le ama de veras.
Shimamoto reaparece en su vida convirtiéndose de un amor inacabado en una maldición de la que no podrá abstraerse para terminar en una metamorfósis catárquica de sus propios sentimientos, en destruir su vida sentimental para reconstruir los pedazos.