NEGRA COMO LA NOCHE Todos sabríamos distinguir una novela negra de otra que no lo fuera. Sería novela negra si tuviera un crimen o más, un asesino o más y un policía o detective privado que persiguieran al asesino. Con estos elementos se construyen la mayoría de las novelas policíacas. Así pues, ¿qué es lo que las diferencia? Fundamentalmente dos aspectos: el protagonista y el contexto social en el que se enmarca la trama. El protagonista de una novela negra a menudo lo es de todas las de su autor. El escritor da vida a un personaje y desarrolla sus peripecias a lo largo de un número indeterminado de novelas. Cuando empezamos la nueva obra de un autor conocido ya sabemos una parte de lo que nos espera y a menudo la escogemos precisamente por eso, porque queremos volver a saber de nuestro detective preferido. Walter Mosley da vida en sus novelas a Easy Rawlins, un hombre negro criado en los bajos fondos, respetado por su gente y que ayuda a su comunidad siempre que le necesitan. Easy es inteligente y se empeña en vivir de forma respetable y tranquila, acudiendo cada mañana al instituto en el que trabaja y volviendo a casa al anochecer. Pasar la velada cocinando mientras escucha música y las voces de sus hijos es para él su idea de la felicidad. Pero su pasado y, sobre todo, la policía de los blancos se empeñan en hacer difícil algo tan sencillo. Leyendo a Mosley comprendemos en un fogonazo de luz cuál fue la mecha que prendió los disturbios de Los Ángeles, cuánta discriminación, cuánta injusticia y cuántos prejuicios hay acumulados detrás de un color de piel. Cada autor tiene una forma distinta de mostrar su forma de ver el mundo. El asesinato que tiñe las páginas de rojo a menudo es sólo una excusa para mantener el interés del lector y al mismo tiempo desgranar el tema sobre el que realmente se quiere escribir. A Patricia Highsmith los asuntos que más le interesaban eran la culpa, la mentira y el crimen. En sus novelas no aparecen bandas de mafiosos, sino tranquilas urbanizaciones; no hay asesinos psicópatas, sino parejas que llevan 30 años casadas. “Me di cuenta de que el hombre o la mujer de la casa de al lado podía tener una extraña psicosis sin que yo pudiera apreciarlo” A Patricia Highsmith le interesaba más el efecto que el crimen producía en la mente del asesino que el crimen en sí mismo. Éste era el gran atractivo de sus novelas, junto con la revolución moral de su punto de vista: el culpable no resulta necesariamente castigado en sus argumentos, en ocasiones el crimen queda impune y el asesino continúa con su vida como si nada hubiera sucedido. Henning Mankell crea un policía con sobrepeso y mucha soledad en su vida. Kurt Wallander es un hombre listo, tenaz y desamparado que en Ystad, Scania, una región al sur de Suecia, intenta con éxito tareas tan complicadas como combatir el crimen y descubrir la verdad, pero que, sin embargo, fracasa en el momento de poner un poco de orden en su vida. La sociedad sueca, otrora símbolo de bienestar y abundancia, es en la novelas de Mankell una sociedad incomunicada que ve con temor el avance de la inmigración. Harry Bosch, el protagonista de las novelas de Michael Connelly, es un policía del Departamento de Policía de Los Ángeles. Bosch, dedicado en vida y alma a su trabajo, a menudo se ve abocado a bregar con sus jefes más que con los auténticos delincuentes, porque sucede que el hilo del delito termina en la mesa del político de turno. Pero a Harry Bosch su conciencia no le permite dejar un caso sin resolver, ni un asesino sin castigo. Toda la capacidad que demuestra para hacer bien su trabajo, resulta nula a la hora de tener una vida personal razonablemente feliz. Está visto que no se puede tener todo, ni en la ficción ni en la realidad. Los hombres crean antihéroes, probablemente porque están cansados de tener que ser siempre los más fuertes, los más valientes y los más listos y las mujeres crean auténticas heroínas, probablemente cansadas de verse abocadas a un papel pasivo y en la sombra. Sara Paretsky, Sue Grafton, y Janet Evanovitch han creado dos detectives y una cazarrecompensas, respectivamente. V.I. Warshawski vive en Chicago y es una “detective con medias de seda” a la que dio vida en la pantalla Kathleen Turner. Es deportista, tiene la complexión de una busca-broncas de barrio obrero y unos modales que no le van a la zaga. Sue Grafton da vida a Kinsey Millhone, investigadora privada, nariz rota dos veces, ojos castaños y pelo negro que se corta ella misma con las tijeras de las uñas. Su apariencia no es la primera de sus preocupaciones. Tiene un vestido negro multiusos que lleva siempre en el bolso ante posibles contingencias. Adora meter las narices en la vida ajena, registrar los cajones y miente tanto como habla. La palma de la originalidad probablemente se la lleve Stephanie Plum. Veamos cómo define la protagonista de Evanovitch su trabajo: “Cuando era pequeña solía vestir a la Barbie sin bragas. Desde fuera parecía la dama perfecta. Elegantes tacones de plástico, traje sastre entallado. Pero debajo iba desnuda. En la actualidad soy agente responsable del cumplimiento de la libertad bajo fianza, o que también se conoce por encargada de la captura de fugitivos, lo que también se conoce por cazarrecompensas. Les traigo de vuelta vivos o muertos. Al menos lo intento. Y ser agente de fianzas se parece bastante a ser una Barbie con el trasero al aire.” Stephanie tiene una familia al más puro estilo italiano y una abuela más allá del bien y del mal, a la que le encanta asistir a funerales y acompañar a su nieta. Alexandra Marinina es una autora rusa que también tiene una protagonista femenina: Anastasia Pavlovna Kamenskaya, inspectora jefe de la Policía Criminal de la Dirección General de Interior de Moscú. Contrariamente a las demás, Anastasia es analista, no persigue asesinos, no se mueve por los bajos fondos de Moscú, odia hacer deporte y su espalda maltratada por el trabajo de oficina le da más de un quebradero de cabeza. Nastia, Asenka o Nastasia se dedica a “pensar”. Son los demás los que acuden a la escena del crimen, los que le suministran los datos, los que interrogan a los sospechosos. Nastia va hilando cabos, colocando piezas, construyendo hacia atrás la situación que acabó en crimen. Todas estas novelas tienen la gran cualidad de distraernos y, en su medida, hacernos felices, pero tienen también el grandísimo valor de ofrecernos una atalaya privilegiada sobre las sociedades en las que se desarrollan. Con Kurt Wallander vivimos en Suecia, con Easy Rawlins en Los Ángeles, con Anastasia Kamenskaya en el Moscú de hoy en día. La anécdota es el asesinato, el delito, el secuestro… el tema de la novela es la culpa, el desasosiego, una infancia rota, una sociedad enferma. “Una buena novela negra empieza contando un crimen y termina contando cómo es la sociedad en la que se produce.” Como suelen decir los eruditos, ésta ha sido una aproximación al tema. El espacio no da para más, nos hemos dejado en el tintero a las damas del crimen (P.D. James, Ruth Rendell, Elizabeth George…) y a la inigualable Donna León, a Andrea Camilleri, a la israelí Batya Gur… entre muchos otros (no he citado ningún autor español, por ejemplo). Si os gusta leer y todavía no conocéis a alguno de estos autores, os los recomiendo vivamente: tenéis un buen rato asegurado. "La gata de ojos bellos" Write Comment (0 Comments) |