Duela egun gutxi RIAG ENTINAK (elkartasuna basamortuan) izenarekin argitaratu da liburua, Joseba Iriarte "Bikila" da idatzi duena eta Sahara maratoiari buruz idazten du. Zortzi eurotan saltzen da eta ateratzen dan diru guztia EL WATANEK bideratuko du Saharatarren langutzarako. El Watan, Sahararen aldeko Oiartzungo Elkartea da. Hontza liburu dendan dago salgai, Okendo kalea (Donostia). Al baduzue zabaldu mezu hau. Beno, ondo izan eta eskumiñak, Belén
Kaixo amigos: Hace unos días se ha editado el libro "RIAG ENTINAK" (solidaridad en el desierto), habla del maraton en los Campos de refugiados Saharauis, está escrito por Joseba Iriarte "Bikila". El precio es de 8 euros (no hay intermediarios en la venta) y el dinero que se recaude será destinado para necesidades en los campamentos, a traves de EL WATAN (Asociacion de Oiartzun en favor del pueblo Saharaui).
Es pintoresca nuestra tierra. Su paisaje, su paisanaje. Está gobernada por una persona amante del diálogo –político, se entiende-, lo que es mucho mejor que ser amante del bate de béisbol o del coche bomba. Estoy dispuesto a dialogar hasta el amanecer, afirmó en una ocasión. Lo que está bien, aunque no sea para echar cohetes: a la postre, es lo que hace la juventud cada fin de semana. Pero no es el único en esta afición. Muchas formaciones políticas coinciden en que todos los problemas se deben resolver a través del diálogo. No todos. Alguno hay, como el de la Real Sociedad, sólo posible de resolver mediante la oración a la Virgen de Aranzazu.
No es cosa sólo de los políticos. También los sindicatos, los obispados y otro tipo de asociaciones, propugnan el diálogo como base de la resolución de los conflictos.
Tiene su lógica. Al fin y al cabo, las elecciones de más peso suelen ser al Parlamento. Institución que, al menos en su nombre, cierta relación guarda con el diálogo.
Podíamos decir que ese gusto por el diálogo es una de las coincidencias de los vascos, lo que me parece razonable. No tanto que muchos confíen en él más que en el cumplimiento de las leyes. Pero lo que no acabo de entender es porqué en las sociedades gastronómicas o en nuestro propio club existe un veto implícito a dialogar de política, cuando tantas son sus cualidades.
Causa extrañeza que este fármaco, a quien se atribuye la propiedad de establecer la concordia entre lejanos, sea proscrito por temor a que genere la discordia entre cercanos. Pero además de absurdo, es un veto innecesario. Aquí –salvo los consabidos comentarios sobre Bush, Aznar y cía., que aseguran una cómoda y general aceptación- el personal sólo habla de política delante de su abogado.
From the organization, we want to thank to all the racers of the 5th Spring Race, Sponsors, Volunteers, Organizators, Institutions y other people that have helped in this event.
The Race is finished, We would like to receive your suggestions, or comentaries about anything you may want to say.
There has been a record in participation, 1100 runners!, Thank you to all of you and we wait you for the next year.
Hay palabras terribles y palabras inocuas. La palabra "pero", aparentemente, es una de estas últimas. Repito, aparentemente. Se trata de una conjunción adversativa -primer aviso de lo que viene-, que une dos elementos, contraponiendo el segundo a la noción expuesta en el primero. En la práctica no es que contrapone, es que lo destroza. Eso sí, con suavidad. A veces es como un puñetazo gramatical, pero siempre con guante de seda.
Hasta tal punto es devastadora esta palabra, que a menudo hace innecesaria la segunda parte de la oración. Veamos si no. Te confiesa tu novia con gesto compungido: Ya sabes que yo te aprecio mucho, pero…No hace falta que siga. Ya sabes que tu tarea inmediata consiste en doblar bien la ropa, introducirla en la maleta con dignidad, comprar una botella de ginebra y buscar cobijo para la noche.
Otro ejemplo más. A punto de concluir tu periodo de prueba en una empresa, te dice tu jefe con cara de conejo: Estamos francamente contentos con el trabajo que has realizado, pero… Deténle, no dejes que continúe. Ahórrate la afrenta. Enciende un pitillo, échale el humo a la cara y vete con rapidez a la oficina de empleo.
Otro tanto se puede aplicar a las tertulias de atletismo. Cuando uno te esté contando que en el kilómetro 25 del maratón iba de cine, pero… No lo dudes. Levántate y cambia de mesa porque ya sabes cuál va a ser el final.
A mí mismo me ha ocurrido. Me había jurado correr esta carrera del Donostiarrak, me he metido picos sin cuento, he tenido mis tendones en palmitas desde hace tres meses, pero…
El recientemente fallecido Ryszard Kapuscinski, corresponsal de prensa polaco y autor de numerosos libros de viaje, le daba particular importancia al lenguaje gestual. Cosa extraña siendo escritor. De hecho, en uno de sus libros, relata un viaje por Africa en el que se adentró en Etiopía. Tuvo que contratar a un chófer etíope, Negusi, cuyo conocimiento del inglés se reducía a dos palabras: problem y no problem.
Con esa breve ristra de palabras, más el lenguaje extraverbal, recorrieron tres mil kilómetros por los caminos etíopes, haciendo frente a innumerables peripecias. Les detenía una patrulla del ejército y Kapuscinski preguntaba: ¿Problem? Respondía Negusi: Problem. Entonces, el periodista entregaba diez dólares al chófer, éste se los pasaba a los militares, giraba la vista hacia Kapuscinski y le comentaba: No problem. Y seguían camino.
¿Son pocas dos palabras? Parece que sí. Aquí utilizamos muchas más, aunque nos entendemos mucho menos. Hace poco lo recordaba –con razón- otro periodista: para saber la verdad de lo que pasa es necesario leer cuatro periódicos por lo menos.
Pensándolo bien, el atletismo también es un deporte de pocas palabras. De hecho, con esas mismas dos nos bastarían.
Pongamos que en una carrera vas con un compañero. Le preguntas: ¿Problem? Si te mira con ojos agónicos y responde afirmativamente: Problem, ya sabes que es el momento idóneo para cambiar de ritmo y dejarlo tirado. Cosa que a todo el mundo le parece muy fea, pero que el buen atleta practica con singular regocijo. Por eso, aunque vayamos desfallecidos y sea nuestro último estertor, la respuesta es obligada: No problem.
Reconozcámoslo: no hay quien nos entienda. Una de las múltiples e inservibles encuestas realizadas nos lo confirma. Resulta que tenemos miedo a la muerte… y también tenemos miedo a vivir demasiados años.
Pero no deja de ser coherente semejante incoherencia. Tener miedo a la muerte es natural, al fin y al cabo sólo tenemos una vida que, además, nos la pasamos trabajando para hacerla más agradable. A la vez, y vista la proliferación de residencias de ancianos y las imágenes que nos llegan, tampoco parece deseable llegar a ciertas edades.
No es de extrañar que se hable cada vez más de eutanasia. El empeño que utiliza nuestro sistema sanitario para prolongar la vida por encima de todo –incluso de la voluntad de los propios interesados- en muchas ocasiones es un despropósito. Me atrevería a afirmar que muy pocos quieren verse viviendo, es un decir, postrados en una cama o en una silla, con las capacidades físicas y mentales reducidas, sin esperanza de curación, y con el deseo creciente de que finalice cuanto antes una vida vegetativa o en estado terminal. Una situación en la que más que alargar la vida, lo que se alarga es el sufrimiento.
La ciencia avanza de forma vertiginosa. Pero la fecha de caducidad del ser humano no ha variado demasiado. Y no sé cuánto tiene de éxito de la ciencia el que ahora las personas alcancen con facilidad los 95 ó los 100 años, cuando un elevado porcentaje de ellas vive en estado de demencia.
Y entiéndase, no se trata de pedir que se acabe con nadie. Se trata de que uno, en uso de su libertad, pueda pedir educadamente que lo transfieran de una santa vez al otro barrio.